Para volver, Liberación debe pedir perdón

Por Alex Solís Fallas

Partido Liberación Nacional

La pasada campaña electoral evidenció, más que nunca, la profunda crisis en la que está sumido Liberación Nacional: un partido dividido, sin proyecto político, anclado en las glorias del pasado y en el canto del Corrido a Pepe Figueres.

Esa crisis ético-política se origina en la corrupción, la falta de transparencia y rendición de cuentas de algunos de sus cuadros. Semejante desviación ética conlleva, inevitablemente, al abandono de su ideario político en favor de los más pobres, es decir, de la socialdemocracia. Al perder el norte ideológico, se abandona el estudio de los problemas nacionales, la capacitación de la juventud y la falta de oportunidades para el surgimiento de nuevos liderazgos.

Desde los más optimistas hasta los más pesimistas partidarios comparten la impresión de que, en el pasado reciente, muchas cosas no se han hecho bien. De ahí que, después de los dos últimos fracasos electorales, el ánimo de los liberacionistas esté coloreado de negativos tonos sentimentales: miedo, desconfianza, inseguridad, desesperanza e indignación.

En tales condiciones, Liberación Nacional, para volver a convencer y atraer a la ciudadanía, debe renovarse en todo sentido. Según mi criterio, lo primero que debe hacer, antes que nada, es pedir perdón por las faltas cometidas. Caso contrario, le resultará muy difícil volver a ganar la confianza de los electores. ¿De qué faltas estamos hablando? Veamos algunos ejemplos.

Contra la verdad. La política se construye con palabras y hablar con la verdad es la primera señal de respeto a la gente. Pero desde hace un tiempo para acá, en Liberación se dice una cosa en campaña y se hace otra en gobierno.

Se dice socialdemócrata pero actúa en favor de los más poderosos. No se puede continuar por esa ruta, ni apelando a las amenazas ni al miedo para conseguir resultados. A la gente hay que respetarla.

Contra la capacidad de pensar y de hacer. Contrario a lo que sucedió en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, los últimos gobiernos de Liberación se olvidaron de la creatividad y se camuflaron en el conformista y cobarde timorato discurso de la ingobernabilidad.

Se supone que a un presidente se le nombra para resolver problemas, no para quejarse de las dificultades que conlleva el ejercicio del poder. Los problemas no se resuelven solos. Hay que volver a soñar en grande y promover valientemente una profunda reforma de la sociedad y del Estado.

Contra los fines del partido. Liberación dejó de lado su vocación destino-humanista. Como resultado, olvidó que la persona, la persona de alma, carne y hueso, y su bienestar, es lo primero, por encima de todo. En consecuencia, olvidó que el Estado y el partido existen para servir a la gente y no a las estructuras burocráticas del aparato público o a las del mismo partido.

Hay que trabajar por el bienestar de todas las personas, y no solo por el del mayor número como proponía don Pepe, de forma especial, hay que mejorar las condiciones de vida de las personas más pobres.

Contra la honestidad en el ejercicio del poder político. Liberación nació para combatir la corrupción. Pero avergüenza pensar en lo que cayó en los últimos tiempos. En el 2014, ya el ciudadano lo castigó duramente en las urnas electorales, castigo que se repitió, y con más dureza, en el 2018, de ahí que, si Liberación no pide perdón y no da muestras de un cambio radical en este campo tan sensible, el castigo podría ser mayor, al punto de llegar a desaparecer del paisaje político nacional.

La transparencia y la honestidad deben volver a ser el faro que alumbre todas las acciones en el ejercicio de la función pública.

Contra una moderna organización. Liberación es una maquinaria electoral vieja, cansada, llena de contradicciones internas entre personas y grupos que solo buscan el beneficio personal o que luchan por el poder, no para solucionar problemas, sino como un fin en sí mismo. Hay que reformar los estatutos, replantear la organización y el para qué del ejercicio de la política.

En tal sentido, se debe enfatizar que la lucha y la conquista del poder político son un medio para resolver los problemas del país, las necesidades de la gente y el mejoramiento de sus condiciones de vida.

Estas y otras faltas tienen un efecto nefasto en la fe y confianza de la gente en el partido y de la política en general. Si Liberación Nacional reconoce sus faltas y pide perdón por ellas, no solo hará un servicio a la verdad, sino que también contribuirá a que la indignación ciudadana se convierta en un impulso renovador de la política y de la democracia para el servicio y el bienestar de todas las personas.

Frente a quienes hablan del ocaso del Partido Liberación Nacional, pienso que esta es una gran oportunidad para que Liberación rectifique, se renueve, reposicione y relance, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para luchar por el bienestar de las personas, de todas las personas, que es la razón última de la política concebida en democracia.

Abogado.

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