Esbozos de nuestro reto socialdemócrata (I)

¿Es necesario un nuevo pensamiento y una nueva alianza social para enfrentar los dsafíos de la globalización?

Rolando Araya

Rolando Araya Monge

Me parece oportuno, al iniciar este escrito, citar al gran Octavio Paz, quien después de la caída del Muro de Berlín, dijo lo siguiente: “el hecho de que haya habido respuestas equivocadas, no significa que las preguntas no sigan vigentes.” El propósito de este escrito es retomar nuestra responsabilidad y trabajar de nuevo en esas preguntas. ¿Es necesario un nuevo pensamiento?

Claro que sí, pero creo que antes debemos hacer algunas aclaraciones. Con frecuencia, se utiliza el concepto de cambio de paradigma para calificar lo que está ocurriendo con la globalización. Pero me parece que esto implica cosas más profundas, como por ejemplo, la transición entre percibir la realidad conforme a la física newtoniana y percibirla de acuerdo con los descubrimientos de Planck, Einstein, Heisenberg, Bohr, Schrödinger y otros físicos, los cuales levantaron el telón de la mecánica cuántica, en lo relacionado a la física, pero que tiene repercusiones en las ideas económicas, políticas y sociales. Y es desde esa perspectiva que debemos ver el cambio de paradigma.

El fenómeno generador del veloz cambio que nos sorprende es la irrupción de la llamada era del conocimiento, hija de la revolución tecnológica. Y al igual que ocurrió hace dos siglos con el industrialismo, esta ha empezado a cambiar la economía, la cultura, y hasta la forma de gobierno. Desde la caída del comunismo, el fin del mundo bipolar, pasando por el descrédito de la política y la impotencia de la democracia, se conforma un cuadro político, que no solo obedece a la intención deliberada de las grandes fuerzas económicas globales de disminuir el papel del estado y de los políticos, sino también, porque la cultura que emerge implica una nueva distribución del poder y una nueva forma de gobierno.

La revolución de as tecnologías de información ha acelerado el proceso de internacionalización y la libre movilidad de capitales. Este fenómeno debe su vigor al hecho de que el progreso tecnológico actúa sobre la tecnología, misma, y acelera su avance de manera exponencial.

Pero el pensamiento económico convencional sigue anclado con los viejos factores de la producción y no reconoce la súbita aparición de circunstancias que exigen un pensamiento distinto. La vieja ciencia económica no es capaz de manejar los procesos que se están dando. Y los políticos de hoy, poco estudiosos de la economía, más dedicados a ver encuestas, se han rendido ante la avalancha de teorías económicas, pronósticos y advertencias, con que los economistas han invadido el mundo de la política, con pretensiones científicas. Como quiera que sea, parte de la crisis de la política puede verse en el hecho de que la gente hoy tiene más esperanza en la tecnología para resolver los problemas, que en la ideología.

Muchos de los que leíamos a Toffler a principios de la década de 1980, con la Tercera Ola, llegamos a ilusionarnos con la idea de que la era del conocimiento, por sí sola, o quizás adobada con algunos valores apropiados, iba a ofrecer una oportunidad para lograr la abundancia material, el combate a la pobreza y otros males de nuestros tiempos. Pero aunque es cierto que el capitalismo ha generado mucho bienestar, no ha generado, ni de lejos, el bienestar general. Y la era del conocimiento, dentro del capitalismo global, no ha sido capaz tampoco de generar bienestar para el mayor número. Al lado de la globalización, más bien se reporta más concentración del ingreso y mayor pobreza en el mundo.

El fundamentalismo de mercado y el consenso de Washington fracasan. Renombrados economistas como Stiglitz, Sachs, Krugman y Gray se suman a críticos de otros tiempos como Hazel Henderson para combatir esta cultura de adoración del dios de las ganancias, a este casino global que ha suplantado la economía de las necesidades humanas.

Pero de lo que se trata es de reconocer el nuevo paradigma, que no es la globalización, ni siquiera la revolución tecnológica. Aquí hay algo más profundo. Mantenemos una visión que viene de la ilustración, de Newton y Descartes, de que el universo es una inmensa máquina, cuyo funcionamiento obedece a leyes infalibles, aún cuando la física de hoy nos muestra un mundo diferente, cuyas bases conducen a una forma distinta de ver la realidad.

La creencia generalizada de que las cuestiones económicas están sometidas a leyes irresistibles como en las ciencias naturales, ese falso cientismo que permea las llamadas ciencias sociales y la economía, basadas en la filosofía del realismo materialista, está generando una visión equivocada, y con ella, un mundo inestable, lleno de desigualdades, violencia y destrucción ambiental.

Con estas premisas del modernismo, igual se intentó implantar sistemas socialistas en Etiopía y Somalia, como se ha querido ahora imponer, a través del organismos internacionales, el capitalismo anglosajón en Perú y en Guatemala. Los fracasos deben dejar la enseñanza de que no es el modelo lo que determina los resultados. En Perú, con Velasco Alvarado, se intentó una revolución de izquierda y fracasó. Y de igual modo, fracasó Fujimori haciendo lo contrario. Andamos afanados buscando la ecuación mágica, que consiga un atajo para resolver los problemas. Pero aquí, el mejor camino es preparar técnica, intelectual y espiritualmente al verdadero protagonista: al pueblo. Y no se trata de descartar la propuesta ideológica. De lo que se trata es de reconocer que ningún modelo tiene valor intrínseco y universal.

John Gray, autor de la gran obra, “El Falso Amanecer”, nos dice lo siguiente: “Pese a que es imposible conciliar un mercado libre con cualquier tipo de economía planificada, lo que estas utopías tienen en común es más importante que sus diferencias. Es su culto a la razón y a la eficiencia, su ignorancia de la historia y su desprecio por esos modos de vida que abocan a la pobreza o a la extinción, ambas encaman la misma soberbia racionalista y el mismo imperialismo cultural que han marcado las tradiciones principales del pensamiento ilustrado a lo largo de la historia.”

El marxismo y el capitalismo tienen el mismo común denominador: la filosofía del realismo materialista, el reduccionismo y la lógica cartesiana, y todo esto induce una concepción de mundo, más allá de las ideologías y las contradicciones sociales. Y ahora, nuestra propia idea de progreso, desligada del espíritu humano y de la naturaleza, alimenta la quimera de pretender el bienestar general, a través del interés individual.

Y el propio financista famoso, George Soros, que no es ningún socialista, sostiene con toda claridad, en su libro La Crisis del Capitalismo Global, que el fundamentalismo de mercado es hoy una amenaza mayor para la sociedad abierta que cualquier ideología totalitaria.

Y Hazel Henderson nos dice que la economía no es una ciencia, sino una ideología. Y señala la enorme cantidad de contradicciones y deficiencias en los métodos de cálculo usados., por ejemplo para medir el PIB, o bien la contabilidad presupuestaria de la mayoría de los países del mundo. Los cálculos económicos usuales parten de una cosmovisión que se pretende generalizar en todo el mundo, con la cual, aduciendo un valor científico, se imponen aspiraciones, valores, una concepción de mundo, una ideología. Hace falta algo más que un nuevo modelo.

Una nueva manera de pensar, más ligada a los descubrimientos científicos del siglo XX, nos llevaría a conclusiones y propuestas muy diferentes. Las ciencias sociales se quedaron con la física newtoniana, momificadas con conceptos que no son capaces de interpretar un mundo como el de hoy, con la llamada “network society”, las computadoras, las telecomunicaciones, la fibra óptica y muchas otras cosas más. Hoy necesitaríamos el auxilio de conceptos científicos más recientes como la segunda ley de la termodinámica, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica.

La idea de que basta con aplicar determinado modelo en un país para que este genere determinados resultados está equivocada. Y en esto incluyo el libre comercio. El nuevo paradigma nos lleva a admitir que no es el estado ni el modelo lo que determina a la sociedad, sino al contrario: es la educación, la capacidad técnica, los valores y la actuación de cada sociedad lo que determina lo demás. Chile está saliendo mejor que otros países, pero no por el modelo, sino por los chilenos.

El éxito depende del capital humano, educativo y social de cada país. Si una sociedad carece del nivel educativo y tecnológico y «os valores adecuados, no habrá ningún modelo -capitalista para tener productividad-, o socialista para tener más equidad, para lograr su mejoramiento.

Dime cuales son los valores primordiales de una nación y yo te diré la calidad de vida que tiene. El valor dominante en la cultura económica del momento es el egoísmo, la competencia, la búsqueda del poder y del placer. Sobre esa base no es posible construir sociedades libres del miedo, sociedades democráticas, prósperas e igualitarias.

Ese nuevo pensamiento debe partir de una premisa básica: lo que importa es concentrarse en la gente, en su educación, sus metas, sus valores, en la creación de capital social y en la capacitación técnica, pues lo que pase será más el resultado de la actuación de su pueblo, de su trabajo diario, que de la implantación de un modelo. Si queremos equidad, desarrollo sostenible, bienestar del mayor número, es necesario inculcar los valores de la solidaridad, la armonía, el amor. En el futuro, serán socialistas los países habitados por pueblos solidarios, no necesariamente los que tengan leyes socialistas.

El bienestar no puede ser decretado como pretendíamos a través de los instrumentos ideológicos conocidos. El bienestar solo puede ser conquistado, no decretado. Y así, pueblos más preparados y empoderados se encargarán de construir las bases de la prosperidad, la justicia y la libertad. De hecho, en mi campaña interna por la candidatura presidencial, usamos el lema: “entre todos, sí podemos.”

Y no es que no haya ideas políticas y económicas mejores que otras. Lo que pasa es que el resultado no es una cuestión automática, ajena a la realidad social y cultural de cada país. La mecánica cuántica nos dice que todo está interconectado, pero la relatividad, que nos habla de un tiempo y un espacio fluidos, nos enseña que cada realidad histórica impone su propia ruta.

En América Latina, apenas empezaban a consolidarse las elecciones libres en muchos países que casi solo conocían la dictadura militar, cuando comienza a brotar este inusitado cuestionamiento a la política convencional, a los partidos y a los políticos, como resultado del proceso globalizador, al que le estorba el estado-nación y hasta la democracia.

Algunos de nuestros países se guiaron por el anterior consenso, el del keynesianismo, traducido al lenguaje latinoamericano por la CEPAL. Quienes tuvieron la solidez política para neutralizar las oligarquías conservadoras contrarias al crecimiento del papel del estado central y el del gasto público, hoy pueden exhibir mejores resultados sociales y mayor solidez económica.

Pero vino la crisis de los setentas, la estanflación y apareció el friedmanismo, el neoliberalísmo y el consenso de Washington. Las instituciones creadas en Bretton Woods para mejorar la economía internacional, se pusieron al servicio del nuevo dogma del fundamentalismo de mercado. Ahora, las economías crecen más lentamente, y Latinoamérica afronta una nueva versión de la misma crisis que sobrevive desde los aumentos petroleros de 1973, agravada, de manera evidente, por la inaplicabilidad del pensamiento neoliberal. La violencia creciente por doquier es el resultado claro de este orden ajeno a los auténticos valores del espíritu humano.

Pero antes de formular un nuevo pensamiento, es preciso reconocer con claridad las circunstancias en que nos estamos moviendo.

¿Existe una estrategia común a toda la región? ¿Hay algo que podríamos llamar una realidad latinoamericana? ¿A cual latinoamérica nos referimos, a la de Haití, o a la de Uruguay? Las diferencias son grandes, pero nos debe unir la historia, los valores y las aspiraciones conjuntas. Con ellos podemos hablar de propósitos que deben ser comunes. Hablemos de algunas ideas, como ejemplos.

Para empezar, es necesario un plan para acabar con la miseria alienante y la exclusión social en la mayoría de nuestros países. Con necesidades básicas insatisfechas, no es posible hacer planes de mejoramiento. En medio del hambre y las enfermedades no se puede poner a los pueblos a trabajar por mejorar la convivencia social. Con hambre no puede funcionar ni la democracia, lo único que puede existir es la violencia como fuente de poder. Y así, por más proclamas y constituciones, lo que se impone es el autoritarismo. El caso de Haití puede ser un ejemplo. El hambre trae la violencia y tras ella, la dictadura.

América Latina debe unirse y fijar una estrategia común ante los tratados de libre comercio y el avance del ALCA, y definir una oposición clara a continuar contra el proyecto ultra capitalista y neoliberal, presente en la filosofía que guía esos tratados. En el mundo no manda el mercado, lo que manda es el poder.

Apoyemos la creación de la llamada TASA TOBIN en las transacciones monetarias internacionales y el control de la libre movilidad de capitales, como ya hacen Chile, Malasia y otros países. América Latina debe definir una posición clara con respecto a las grandes corporaciones transnacionales, cuyo poder y su voracidad amenazan la democracia y el equilibrio ambiental. Necesitamos una nueva arquitectura financiera a escala mundial y debemos apoyar la condonación total de la deuda de los países más pobres. Debemos reformular nuestras políticas económicas y trabajar con nuevos instrumentos económicos y contables para hacer los presupuestos públicos y el cálculo del producto nacional.

Nos podemos encontrar al borde de una crisis ambiental devastadora y eso nos obliga a tomar la bandera de la protección de la naturaleza, de la formulación de una nueva economía verde. Tenemos la responsabilidad de adelantar acciones para enfrentar la siguiente crisis energética que puede tener efectos mucho mayores que la de 1973. La actual amenaza de guerra en el Medio Oriente tiene más relación con el problema energético que con las razones políticas que se invocan. La probabilidad de una nueva cultura energética basada en el hidrógeno abre perspectivas inimaginables para la distribución de la riqueza y el poder en el mundo.

Necesitamos un nuevo estado, propio del mundo que nace, descentralizado y participativo, con procedimientos transparentes, con más democracia directa, que sustituya al centralismo burocrático del momento.

Y el cambio educativo, la necesidad de establecer una educación pensada para estos tiempos, centrada en la creación de inteligencia y no en la transferencia de datos, es la definición más importante de todas. El conocimiento reina en todo, y la variable macroeconómica más importante es la educación del pueblo, no el déficit fiscal.

Los avances tecnológicos reducen cada día más el tiempo de trabajo necesario para la producción de los bienes y servicios. Pronto, la humanidad será capaz de producir lo que necesitamos con una pequeña parte del trabajo que hoy empleamos para hacerlo. El mundo se verá ante la necesidad de una reducción de la jornada laboral, si quiere evitar una crisis depresiva de grandes proporciones. Nuestros movimientos deben dejar de ser espectadores de los grandes debates y empezar a fortalecer estas propuestas, así como la conveniente participación i de los trabajadores en las utilidades de las empresas, de acuerdo con el ascenso de los niveles de productividad.

Entrar al nuevo mundo exige un mayor grado de socialización del conocimiento. La actual tendencia de privatización de todo conocimiento, a través de la posibilidad de patentar, o ponerle marca, para beneficio privado, a cada detalle de la cultura humana, está perjudicando a los más débiles y concentrando la riqueza a niveles increíbles.

Y del mismo modo, deberá encontrarse una manera de democratizar el inmenso poder de los medios de comunicación, en especial la televisión, cuya capacidad de moldear la mente humana y las culturas, rebasa el límite del derecho a tener ganancias por la administración de los medios. La universalización de las comunicaciones, la búsqueda de un acceso generalizado de todo el mundo a INTERNET, puede neutralizar el centralismo cultural, los monopolio, informativos y abrir una etapa de más democratizada en la información. El ciberespacio debe ser cada vez un patrimonio de la humanidad y no de los gigantes empresariales del conocimiento.

Ya tenemos los instrumentos tecnológicos para acabar con la pobreza, conquistar el bienestar general, lograr la abundancia, el desarrollo humano y la producción sostenible. Invoquemos en el proceso la necesidad de trabajar con elevados valores espirituales, pus esta es la única forma de alcanzar la conquista(de la libertad y la felicidad. Luchemos por cambiar los prejuicios en el mundo rico. Aquí, o ganamos todos, o perdemos todos. Reasumamos la marcha hacia delante, mirando hacia el futuro y no hacia el espejo retrovisor de la historia.

Ningún progreso puede ser real si no está precedido por un salto en la conciencia humana. El futuro de la humanidad será el producto de las ideas y los valores que cultivemos hoy, y podamos construir en nuestras mentes, no una utopía, sino un camino que conduzca a un nuevo socialismo, pero no como el producto de un proceso histórico materialista, sino por lo contrario: por el crecimiento espiritual. Este orden social avanzado que aguarda a la humanidad, como su destino, no resultará de ninguna revolución que lo imponga, ni dependerá de ninguna dictadura que lo mantenga; será la consecuencia natural de la conducta de sociedades auténticamente libres guiadas por valores superiores. No sería el producto de la violencia, sino de la paz, no vendrá de la destrucción ambiental, sino de la armonía, no saldrá de los decretos, sino de la solidaridad y no será el fruto del conflicto, sino de la cooperación.

Excandidato presidencial de la República de Costa Rica Exvicepresidente de la Internacional Socialistta.Expresidente del Partido Liberación Nacional.

Tomado de Escritos de nuestro reto social demócrata. Editorial Juricentro, 2003

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